Siembra en los niños ideas buenas aunque no las entiendan… Los años se encargarán de descifrarlas en su entendimiento y de hacerlas florecer en su corazón (María Montessori).
La organización Pedro I. Altamirano para la cultura, el cuidado de la infancia y la juventud hace propias las palabras de Pitágoras “Enseña a los niños y no será necesario corregir a los hombres”, convencidos de que la sociedad se forma y modela desde el primer minuto de vida, pero de forma muy especial en la edad formativa.
En este concepto básico se resume la carta de los derechos de la infancia en la que hace referencia en su artículo VII “El niño tiene derecho a recibir educación, que será gratuita y obligatoria por lo menos en las etapas elementales. Se le dará una educación que favorezca su cultura general y le permita, en condiciones de igualdad de oportunidades, desarrollar sus aptitudes y su juicio individual, su sentido de responsabilidad moral y social, y llegar a ser un miembro útil de la sociedad”.
Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan (Antoine de Saint-Exupéry).
Del mismo modo a su artículo IV “El niño debe gozar de los beneficios de la seguridad social. Tendrá derecho a crecer y desarrollarse en buena salud; con este fin deberá proporcionarse, tanto a él como a su madre, cuidados especiales, incluso atención prenatal y posnatal. El niño tendrá derecho a disfrutar de alimentación, vivienda, recreo y servicios médicos adecuados”. Cultura y salud, derechos básicos en la que fundamentamos nuestra labor.
La infancia es, sin duda, una de las etapas más mágicas de la vida. Sin embargo, a medida que vamos creciendo y nos convertimos en adultos, olvidamos a ese niño interior que llevamos dentro y que nos permite reconectar con nuestra infancia y comprender mejor a los más pequeños de casa. Afortunadamente, siempre estamos a tiempo de rectificar.
Ellos necesitan a los adultos para crear las condiciones a través de las cuales puedan desarrollarse como actores sociales, capaces de construir y compartir una consciencia política, de defender sus derechos e intercambiar ideas con su misma generación. Sin embargo, la defensa por una autoridad adulta no supone negar la presencia de los niños como productores de cultura.
Su reconocimiento como sujetos autónomos imprime nuevas exigencias a las formas de construir una autoridad cultural docente. La “palabra del maestro” no es tan “santa”, tal como lo recomendaban lgunos padres hace un tiempo. No es posible, por lo tanto, enseñar valores ciudadanos de nuestra época e interpelar a los niños desde la es igualdad y la sumisión. Tampoco apelar a los intereses del niño o ponerlos en el centro de la enseñanza es condición suficiente para su autonomía, tanto si supone una definición retórica como si desemboca en desamparo y ausencia de autoridad.
Los niños no necesitan confrontación sino comprensión y acompañamiento.